LA EXPLOTACION DE LA CARNE: DE LOS PIONEROS AL PORNO
 
La sexploitation surge como sucedáneo de la exploitation, término referido al cine-morbo plasmado en todas aquellas películas cuya letra de serie puede variar de la B a la Z, productos rápidos, baratos y muchas veces de cutre resultado, otras no tanto. Suelen surgir a la sombra de algún éxito comercial, de modas espontáneas (o incluso generándolas), de sucesos llamativos y de perversiones aún no llevadas a la pantalla. Si unimos a esto el componente sexual, que todo humano sufre o disfruta en su entrepierna, tenemos un subgénero muy amplio en el cual todo desquicie de la carne tiene sentido. El cine en sus inicios ya fue concebido por muchos pensadores como un vulgar entretenimiento de feria cuyo objetivo era explotar la curiosidad del espectador. El séptimo arte, evolucionó de forma adecuada con los verdaderos talentos del celuloide. Paralelamente los vendedores ambulantes del morbo cinematográfico fueron creando su espacio para
Un cachetito, asi eran las primeras imagenes torridas
cometer sus fechorías. Ciertas mentes privilegiadas o depravadas, según quien las juzgue, fueron haciendo de los arrabales cinematográficos un lugar en el que el sexo, la violencia y desmanes variados se convertían en temática fundamental de sus películas. Desde que el cine es cine hubo público ávido de pornografía, violencia, erotismo, sadismo y siempre se les ofreció lo deseado. El realizador de este tipo de pelis es el detector de la carnaza interesante para el público de cada época y así han creado una enorme lista de películas que no agradarían demasiado a los chicos de Cahiéres du cinema, pero apasionarían a los de la Psychotronic Videoguide de Mike Weldon. Afortunadamente existen y existieron muchas personas amantes de estas perlas pero el tiempo y el negocio convirtieron estos subproductos (alguno no merece el prefijo sub) en objetos de consumo y venta masiva. Sólo hay que echar un vistazo a las millonarias producciones cuyo argumento es exploitation total para darse cuenta de que los verdaderos francotiradores estuvieron y están en el subsuelo. Muchos de estos productos han desaparecido o bien son difíciles de encontrar. Ponte a buscar hasta debajo de las piedras, ya sabes que la red es mágica, a veces.
Un cine de subgéneros cuyo tratamiento descabellado, gamberro, transgresor, incorrecto y en ocasiones imaginativo lo convierten en referente ineludible de la cultura popular del siglo XX y pilar básico de la manida –muchas veces mal entendida cultura basura.
Go-go´s asesinas, colegialas cachondas, pechos de otra galaxia, mierda WASP, garrulos lisérgicos, nazis, penes kilométricos, drogas, cárceles de mujeres, reencarnaciones de Sade o del maligno calentorro, violaciones de hippies, residuos del verano del amor a lo Manson, bellezas de ébano y de todos los colores asesinas, feladoras, dominatrices, maromos negros implacables, insaciables y promiscuos. Un retrato distorsionado, caricaturesco, grotesco y delirante de la realidad social de cada momento perpetrado por grupos de inadaptados cuya objetivo es el impacto, la diversión y unas cuantas pelas. El sexo será el denominador común de los splatters, nudies, roughies, kinkies y pornos que aquí se comentes. No te sorprendas de las cerdadas que vas a leer. Tú mismo eres pornográfico, seas niño o niña. Tienes pene, cojones, vagina, clítoris.... Y es que como dice Woody Allen: “el sexo solo es sucio cuando se hace bien”. Queda claro, hagámoslo de la manera más guarra posible.
PREHISTORIA HÚMEDA
Otro cachetito, pero esta vez en una de las postales parísinas
La mitología diversa, la historia, la religión, la literatura, la pintura, la propia naturaleza humana, nos ofrecen múltiples antecedentes de la práctica sexual y sus desviaciones. Pero por su relación con el cine, situaremos el inicio de la explotación sexual en la fotografía y su popularización durante la segunda mitad del siglo XIX.
El Institute for Sex Research de Indiana (en los states existen maravillosos institutos para todo) situa el primer daguerrotipo de contenido erótico en la década de 1840. La mayoría estas manifestaciones eran encargos privados muy bien pagados por aristócratas, además el daguerrotipo no se puede duplicar. Pero el avance de la técnica posibilitó hacer copias y dio paso a la venta masiva de fotos porno.
Muchos fotógrafos comprendieron rápidamente la magia (pero sobre todo el negocio) de los cuerpos en cueros. Las leyes les obligaban a perseguir fines artísticos, ya que el desnudo estaba prohibido. Desde los inicios, la censura se relacionará con la explotación sexual. Comenzaron a circular imágenes de chicas carnosas en composiciones que iban del simple desnudo artístico a bondage sugerido, insinuación de castigos físicos e incluso sexo explícito: bolleras, orgías, sadomaso, coprofilia. Las postales parisinas, objeto de culto en la actualidad, son una clara muestra primeriza de fantasía, ingenuidad y perversión. Ya sabemos pues, con qué se masturbaban nuestros tatarabuelos.
PRIMERAS MANIFESTACIONES CERDOCINÉFILAS
Francia, cuna del cine, siempre recibió bien el negocio de la carne. Con los primeros tomavistas y cámaras arcaicas se comenzaron a filmar auténticas películas porno. El gran Méliès rodó imágenes picantes para sacar un dinerillo, mucho más que con sus geniales e innovadores cortos fantásticos.
Esta primera presentación sexual en el cine iba del simple baño de una señorita a penetraciones y orgías. Los personajes son dignos de estudio, con cuerpos exagerados en su gordura o flaqueza. A esto debemos añadir el exceso de pelo. La depilación llegó décadas después. Los pioneros pretendía contar un argumento agradable e ingenuo, cuidando localizaciones y decorados. Muchas veces se pretendían remotas reminiscencias de ambientación del cine histórico sobre Grecia, Roma o Egipto. La estética no deja de resultar sucia, debido al mínimo presupuesto.
Primeriza orgia del cine porno, posiblemente destinada a la viciosa aristocracia
Estos primeros productos son denominados STAGS por los americanos, en ellos se pueden encontrar los esquemas básicos de este cine. Los ingleses los denominaban BLUE MOVIES, ellos introdujeron la fusta y la dominación. Al citar una primera película o stag, se suele recurrir a “Le voyeur” en 1907 y “L´Ecu d´Or ou la bonne auberge” de 1908, producciones francesas, aunque existen porno registradas en prostíbulos de Buenos Aires desde 1904 con los cinematógrafos que los hermanos Lumiérè enviaron por todo el mundo para difundir el descubrimiento. En Estados Unidos no es hasta 1915 cuando “A free ride” inaugura el estilo americano, añade a los argumentos situaciones cómicas para así llegar a más público. Comienza la tradición del pseudónimo cómico del realizador. Lo primeros directores acreditados se llama: “A. Prick” (una polla) o Ima Cunt (Soy un coño). Existen recopilaciones con pornos hispanas, satgs y blue movies que podéis encontrar en la filmografía. En todas ellas se pueden apreciar tácticas variadísimas que van desde los azotes al fist fucking. La mayoría de ellas fueron realizadas en la privacidad de los burdeles con chicas del local y hombres hambrientos o clientes exhibicionistas. En España se puede citar como primeros exploiters a los hermanos Baños que realizaban pornos financiadas por el Conde de Romanones para placer pajillero de Alfonso XIII. Continuaba siendo clandestino y era comprado por gente adinerada, pero no se podía crear un circuito comercial. A partir de los años 10 se trata de introducir el sexo en el cine comercial. Para ello recurren a historias desarrolladas en burdeles, prostitutas o cabarets que son la excusa para mostrar carne desnuda. Un ejemplo claro es la película de la Universal “Traficc in souls” (G.L Tucker, 1913) supuesta denuncia de la prostitución con abundantes chicas desnudas. El éxito generó un aluvión de historias similares. Son importantes en esta época la serie de cortometrajes animados de “Félix el gato”, una mezcla de sexo y surrealismo. También “Buried Treasure” fantasías anónimas de humor en las que el pene de un hombre es su única parte racional y pensante. La primera escena de zoofilia aparece en el corto anónimo inglés de 1914 llamada “The goat”. Una chica que va a ser enculada a través de una verja cambia su ano por el de una cabra y el tipo mete su polla en el animal.
Buried Treasure, pionera en el cartoon porno
Durante los años 20 hay en EEUU un tipo curioso llamado Louis Sonney, que encarna a la perfección el espíritu del exploiter. Provenía de Italia y en su particular búsqueda del sueño americano decidió atrapar a un conocido forajido llamado Roy Gard ner para cobrar la recompensa y empezar a echar raíces en territorio americano. Lo atrapó en 1919 y con el dinero fundó la productora Sonney Amusement Enterprises y rodó en 1921 “The smiling bandit” basada en Gardner. Aprovechando la emisión del film montaba todo un circo y se despachaba a la gente de preacher en contra de la delincuencia o el alcohol. Cuando el público se aburrió de esta moralina porque salieron predicadores como setas, se dedicó a lo mismo pero con películas de sexo y discurso sobre sus peligros, las enfermedades venéreas y el embarazo. Eran películas similares a las anti-droga (como las del documental grass), amarillas, sensacionalistas, mejor marrones, como la jodida mierda. Los americanos nos vendieron los levis, las hamburguesas, la coca-cola, su cine su música, su estilo de vida, y esto lógicamente nos lleva al sexo. Todo lleva al sexo.
Los años 20 fueron dorados, canallas y bestiales en Hollywood, la meca del cine. Se establecía su enorme industria, crecía la población y había muchas aspiraciones frustradas. Proliferaron los prostíbulos, si no puedes ser actriz, serás meretriz y quizá actriz porno. Hubo redadas y muchas prostitutas detenidas se declaraban actrices, la prensa empezó a cagar sobre el cine. Las estrellas convencionales también daban que hablar. Valentino y Theda Vara tenían noche más potentes que Keith Moon, la Pickford, novia de América, se divorció y se caso de inmediato con Douglas Fairbanks (estamos en los 20) y Fatty Arbuckle metió tan dentro y fuerte una botella de coca cola en el coño de una amante que la asesinó. El cine era maligno. Y los financieros tenían la mosca tras la oreja. En 1922 se formó la poderosa Motion Picture   Producers and Distributors of America con presencia de grandes grupos de presió social, presidida por el ex ministro republicano William Hays que tras consultar a “profesionales, a la Legión Americana, a los   boyscouts y al Consejo nacional de hombres y mujeres católicos, publicó el denominado código Hays para restaurar la moralidad, al menos en las grandes productoras, ante los desmanes de algunos profesionales.
El decadente mundo de Hollywood en los años 20.
BUSCANDO EXCUSAS
Esta medida no pudo remediar el surgimiento de grupos ajenos al código y la asociación. Ellos se encargaron de seguir con el desquicie, buscando sus propios medios de distribución. En la década de los 30, los exploiters han surgido como tal, recurren conscientemente a temas prohibidos, polémicos o tabú, como reclamo para los públicos no satisfechos con los contenidos de las grandes productoras. Ellos se atreven a mostrar todo lo que Hollywood oculta, sobre todo sexo y violencia. Pronto establecieron una cadena de locales, con sedes en las principales ciudades americanas, denominadas Grinhouses, donde los propios creadores montaban shows y exhibían sus obras. Si no existía local, se montaba una carpa. En esta situación aparece otro grupo de degenerados exploiters, “The forty thieves”, un grupo de bandido introducidos en el mundo del espectáculo por motivos pecuniarios. Para darse a conocer crearon el “Cinturón de los palurdos”, un tour de contenido sexual con parada en las afueras de las principales ciudades para no levantar sospechas. Montaban carpas y exhibían sus cortos producidos, perpetrados e incluso a veces protagonizados por ellos mismos. Unían como en el caso de Sonney la tradición de la feria ambulante con la figura del predicador. El truco consistía en prometer cosas asombrosas, monstruosas y exageradas. Reunían la pasta y salían pitando hacia otro lugar para no ser linchados. Lo ofrecido distaba mucho de las delicias prometidas. El plato fuerte era el denominado “Square up real” inserto en el último rollo de la película y cuyo contenido era carne o violencia.
De todos ellos, J.D. Kendis era el especialista de la sexploitation, casi todas sus películas llevaban la palabra “girls” en el título. También es destacable Dwain Esper “king of cinema gipsys”. Entre sus engendros encontramos el tema de las enfermedades venéreas en “The seventh commandment” 1933 o el aborto juvenil en “Modern motherblood” en 1934. Por supuesto su cine amarillo-marrón alarmaría a la sociedad acerca del mal de las drogas en “Marihuana” 1934, o del sadismo con “Maniac” del mismo año. Los cuarenta ladrones abandonaron el show business hacia los 40 porque agotaron su fórmula y la paciencia del personal.