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THE WILD BUNCH (GRUPO SALVAJE)
Año:
1969
Director:
Sam Peckinpah
Guión:
Roy N. Sickner, Walon Green, Sam Peckinpah
Fotografía: Lucien Ballard
Intérpretes: William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan,
Edmond O´Brien, Warren Oates, Ben Johnson, Ryan O´Neal, Jaime
Sánchez, Bo Hopkins, Emilio “El indio” Fernández, L.Q. Jones.
Entre los años 1967-69 el Imperio yankee vivía una etapa
convulsa: el verano del amor iba pasando a ser el infierno
del amor, los jipis ya no eran tan felices, Vietnam sumaba
bajas al censo, los tripis y demás drogas tomaban las mentes
de las florecillas, Kennedy y Martin Luther King eran asesinados,
se multiplicaban las manifestaciones, aumentaban los disturbios
callejeros, el tradicional sistema de estudios de Hollywood
llevaba años decayendo con la aparición de directores que
buscaban la independencia como Arthur Penn, Stanley Kubrick,
Sidney Lumet, Robert Altman, John Cassavets ... Mientras tanto
el director de cine con más cojones que haya existido jamás,
llevaba a todo un equipo de actores, técnicos y figurantes
al límite de sus posibilidades en un lugar en tierra de nadie
situado entre Méjico y Texas, dentro del estado chicano de
Coahuila, para rodar la memorable película Grupo Salvaje
(The Wild Bunch) Su nombre: David Samuel Peckinpah: genial,
putero, machista, bebedor, solitario, individuo, nihilista,
autodestructivo, romántico, físicamente imponente, sentimental,
poseído por mil demonios internos, duro, liberal –por si alguien
ya está pensando que va a leer sobre un fascista- Odiado y
amado a partes iguales. Nació en 1925, en Fresno, California.
Circulan muchas leyendas sobre su origen. Casi todas fomentadas
por el propio director. Solía dar a entender que provenía
de indios, otras veces de familia de cazadores de las montañas,
otras de buscadores de oro... Sobre todo en sus últimos años
de existencia, pretendía ofrecer a los diversos entrevistadores
su propia imagen proyectada en uno de los personajes de sus
novedosos y revitalizadores westerns. Pero en realidad fue
el segundo hijo de una rica familia californiana. Sus correrías
y aventuras vinieron después. Sam dio sus primeros pasos en
el mundo de la televisión, con series como Rifleman
o The westerner en las que ya se veían detalles de
un talento fuera de lo común. Eran los años 50, la televisión
americana paría series como Twilight Zone y la posterior
hornada de cineastas, denominada como la generación de la
televisión, facturaban series y programas de calidad mientras
en el resto de países apenas existía. En nada se parecía
el medio al pestilente negocio que tenemos en la actualidad,
quizá por la ingenuidad de todo aquello que da sus primeros
pasos. Hoy en día la caja tonta -yo diría subnormal, analfabeta
y patética- es un aparato eléctrico para vender bienes de
consumo, crear modas absurdísimas y enlazar una pobreza mental
tras otra. Manda la publicidad, no el talento, manda el dinero,
no la calidad de los programas, pero no es un medio de comunicación..
Pero sigamos con Samuel, que esto de poder decir lo que me
da la gana... Su primera película fue The Deadly companions
(Compañeros mortales) 1961, con la hermosísima Maureen (The
quiet man, El hombre tranquilo) O´Hara. Pero la que le
catapultó hacia las agendas de los jeratrifes de diversos
estudios fue Ride the High country (Duelo en la alta
sierra) 1962, un espléndido espectáculo en un pueblo salvaje
y agreste de mineros, perdido en las montañas con todos los
ingredientes del mejor western y muchas novedades para el
género, protagonizada por Joel MacRea, Randolph C. Scott y
Warren Oates. Después vino Mayor Dundee, 1963, protagonizada
por “tito” Charlton Heston -no le vayamos a juzgar por Bowling
for columbine y el asunto de los armas, que este hombre
ha hecho El planeta de los simios, Soylent Green
(Cuando el destino nos alcance), La agonía y el éxtasis,
Ben-Hur, El Cid y tantas memorables interpretaciones-
Dundee se centra en una brigada de soldados norteños
durante la guerra de secesión, que se degradan en sí mismos:
peleas, odios y rencores en el mismo bando, sin olvidar las
acciones contra el enemigo, aunque éstas quedan relegadas
a un segundo plano argumental. Sin embargo, miles de problemas
impidieron a Sam acabar la película como era debido y obligándole
a desafiar a la Columbia Pictures. El resultado: la película
sufrió más mutilaciones que un violador en prisión. En la
primera proyección delante de todo el equipo el director se
bebió una botella de whisky entera y la rompió abandonando
la sala mientras gritaba miles de improperios. Kris Kristofferson
y Bob Dylan pueden dar fe de esta mala hostia del director
en los años 70, cuando tras The Getaway (La huida)
era un hombre consagrado también comercialmente. Se disponían
a ver los resultados de los primeros días de rodaje de Pat
Garrett y Billy The Kid, unos problemas de lentes provocaban
que el material estuviera desenfocado. Sam comenzó a cagarse
en miles de cosas botella en mano, se dirigió hacia la pantalla,
se sacó la polla y la meó, ante la mirada atónita del equipo
de rodaje. Tras
Dundee, Sam decidió retirarse a reposar, asumiendo su derrota,
esperando su oportunidad. Comenzó a dirigir Cincinnati
Kid (Finalmente dirigida por el artesano Norman Jewison),
pero tras rodar la primera secuencia, fue expulsado, porque
puso una tipa en pelotas encima de una mesa de jugadores de
póker. Algunos cineastas (y trabajadores en general) comen
pollas a los ejecutivos y altos cargos para salvar sus culitos,
pero nuestro querido Sam no, lo cual le honra, demuestra su
seguridad en su talento y además ¡qué hostias! todos los grandes
tuvieron que luchar por sus ideas frente a cuadriculadas mentes
encorbatadas y carcamales sin puñetera idea de nada. Cuatro
largos años de sequía para la bestia. En 1967 apareció un
excelente guión firmado por William Goldman, Butch Cassidy
and Sundance Kid. El guionista sabía que tenía su quimera
del oro, así que sacó a la 20th Century Fox una millonada
y cláusulas sobre su trabajo muy ventajosas. La brillante
historia fue dirigida por George Roy Hill (The String,
El golpe y Slaughterhouse 5, Matadero 5) e interpretada
por Paul Newman y Robert Redford, en hispania se llamó, Dos
hombre y un destino y es otra película imprescindible... al
menos para mí. El guión de Goldman, ofrecía múltiples arcos
argumentales. El grupo de Butch Cassidy, el último y legendario
fuera de la ley del viejo Oeste, era llamado “The Wild Bunch”.
La Warner tenía una copia del guión, pero no la cantidad astronómica
de dinero que puso encima de la mesa la competencia. Roy N.
Sickner y Walon Green, dos guionistas que tenía la casa en
nómina, tenían la orden de reescribirlo y reinventarlo, cambiando
los nombres y utilizando alguno de los arcos trazados por
Goldman, para competir en los cines con Butch Cassidy. Éste
proyecto, es el que fue a parar a manos de Sam Peckimpah,
y nos podemos sentir satisfechos. Sam y otro guionista, llamado
Jim Silke, apuntalaron el guión, que gracias al azar o quien
sabe qué razones, fue incorporando en los prolegómenos al
inicio del rodaje todos los elementos para convertirse en
una leyenda. Los nuevos outlaws en esta historia son un grupo
de soldados del ejército americano, seis yankees y uno mexicano,
que hartos de besar su bandera de barras y estrellas se convierten
en mercenarios de cualquier causa para beneficio propio. El
líder del grupo en esta historia es Pike Bishop, y el escenario,
la frontera Mexico-Americana, año 1913, durante la revolución
de Pancho Villa. El grupo salvaje, enfundado en sus trajes
del ejército para no llamar la atención y tras divagar con
mayor o menor fortuna en sus fechorías, se alía con el General
Mapache para proveerle un arsenal de armas americanas necesarias
para su lucha contra Villa. Entre ellas una potente ametralladora,
que ya es legendaria en la imaginería del cine de acción.
He aquí el conflicto básico. El mexicano que forma parte del
grupo salvaje es de un pueblo asediado por Mapache y sólo
acepta realizar el encargo si una parte del armamento se desvía
a los de sus tierra para hacer frente a la crueldad del General.
También tiene un lío de faldas que le enfrenta con más rabia
al militar. El grupo acepta, pero Mapache se da cuenta y captura
a Ángel. El grupo se debate entre abandonarlo a su suerte:
una muerte lenta, agónica y vergonzosa; o acudir a la llamada
del honor, para morir con él. ¿Qué pueden hacer cuatro hombres
contra todo un ejército mexicano? ¿Qué importa la muerte cuando
es lo mejor que puede sucederle a un grupo de hombres sin
destino? ¿Acaso la huida constante es una forma de vida? ¿Alguno
de ellos tiene una vida o algo por lo que valga la pena permanecer
en este mundo?
Sam sentía que ésta era su película, su guión, su momento.
El lugar era uno de sus preferidos en todo el jodido planeta
tierra, la historia trataba de hombres muy machos, derrotados
pero no perdedores, miserables pero con gran sentido del honor
y la amistad. Los estudios confiaban en él, por primera vez
en todos los aspectos y Sam estaba hambriento de cine. Necesitaba
volver a dirigir para calmar su síndrome de abstinencia y
expulsar toda su cólera. Comenzó a buscar localizaciones en
el México más agreste sintiendo ya algo especial. Peckinpah
y Chalo González, tío de Begoña -la esposa mexicana de Sam,
éste hombre pasó por vicaría varias veces pero su vida marital
fue siempre un desastre de tres o cuatro meses como mucho-
se marcharon al estado de Coahuila a beber, repasar todos
los sucios y polvorientos lupanares que encontraron en su
camino y buscar los escenarios idóneos. Después vino la selección
del casting. En un principio la Warner tenía en nómina a Lee
Marvin, y era el que estaba en boca de todos para protagonizar
la película en el papel de Pike Bishop.
Pero tras ganar un oscarcito de esos de mierda por el peliculón
Dirty Dozen, Los doce del patíbulo, su manager le aconsejó
que cambiase de registro y nuestro querido Lee, aceptó un
musical (!?) Comenzaron a barajarse nombres estelares y finalmente
el elegido fue el chico dorado de la post guerra, William
Holden, un galán venido a menos, una belleza arrebatada por
la botella de alcohol, la edad (50 años) y la melancolía.
El actorazo de Sunset Boulevard (El crepúsculo de los
dioses) y El puente sobre el río Kwai, era perfecto
y reunía todas las claves del personaje: su edad, la dureza,
derrotado por la vida, desengañado, sin rumbo fijo, con mano
férrea, una persona con mucha masculinidad, nobleza y dignidad
para la que los buenos tiempos acabaron. Eso era Holden a
finales de los 60. Un detalle curioso ocurrió cuando Peckinpah
pidió a Holden que se dejara un bigote como el que él lucía
para darle a Pike una nueva característica física. Holden
respondió “Ni de coña, una puta mierda!”. Cuando empezó el
rodaje, Holden llevaba el bigote y según todo el equipo de
rodaje a medida que pasaban los días, Pike Bishop se asemejaba
cada vez más a un alter ego de Sam Peckinpah. Holden había
añadido a su personaje gestos, posturas y maneras de hablar
de su director. Seguro que Sam lo agradeció, porque se sentía
cercano a Pike Bishop. Para el segundo en comando del Wild
Bunch, Dutch, el elegido fue Ernest Borgnine, uno de esos
grandes secundarios, que no pasa desapercibido para una minoría
atenta de espectadores. El resto del grupo lo compusieron:
Edmond O´Brien en el papel del más viejo de los mercenarios,
Freddie Sykes; Warren Oates y Ben Johnson como los Gorch Brothers;
Jaime Sánchez en el importante papel del mexicano Ángel y
Ryan O´Neal el joven e inexperto del grupo que no durará más
de una secuencia. El perseguidor del grupo salvaje, Deke Thorton
pagado para dirigir a un grupo de cazarecompensas por magnates
de ferrocarriles, bancos y el propio gobierno del estado,
hartos de las pérdidas que Pike and Co. les causan. Él es
el único que conoce bien al grupo salvaje. Porque es de la
misma naturaleza que ellos, un calco de Pike Bishop, todo
un hombre. Robert Ryan interpretó a Deke, instrumento para
la caza legalizada de hombres. Aquellos que redactan las leyes
y tienen la pecunia, son impunes para revertirla a su antojo.
Algo tan habitual en aquellos tiempos... Y en éstos que corren.
Se inventan un árabe maaaalooo y peligroso, con esa excusa
invaden un país, lo destruyen todo excepto sus fuentes de
recursos que esos nos lo quedamos, y luego lo “reconstruyen”
todo con cuatro o cinco amigotes ricos que se van a enriquecer
más y que tienen constructoras y empresas enormes, tan grandes
como sus casas y estilo de vida hortera. Lo malo es que antes
todo quedaba en el Far West, ahora es en cualquier parte del
planeta donde huela a dólares. ¡Viva la ley y la democracia!.
Como dice Deke Thorton, “¡Qué se siente! ¡Qué se siente, que
le paguen a uno para dirigir la caza legalizada de hombres!”.
Su personaje evoluciona a lo largo de la historia, acercándose
cada vez más al sentir del grupo salvaje, sintiendo que nada
vale la pena: lo único que hay en este mundo es hijos de puta,
gentuza, poco se puede hacer para cambiarlo, es inútil gastar
energías, mejor ser un hijo puta equiparable para sí mismo.
Sólo nos queda el despótico General mexicano Mapache, que
está aliado con Huerta en la lucha contra Pancho Villa y ejerce su poder
demente, alcohólico y animal en el fuerte de Agua Verde. El elegido fue “El
indio” Emilio Fernández, director de películas de pistoleros, que en la
realidad vivía en un castillo con un harem de niñas mexicanas de 15 años, mejor
que Hugh Hefner ¿Quién mejor para interpretar al loco Mapache? Completando el
reparto, secundarios como L.Q. Jones, Bo Hopkins o Alfonso Arau.
Las mujeres que aparecen en la película interpretan papeles
de putas o putillas de Mapache. Una gran frase de Sam: “Hay dos clases de
mujeres. Mujeres y luego coños”.
Mientras
tanto el director presionaba al estudio para que seleccionase
los técnicos con los que se sentía más a gusto y le daban
lo que él quería. Gente que conocía y con la que se sentía
seguro, ningún papanatas o listillo con ganas de joder. Ésta
era SU película, más que ninguna otra. Destacaré cinco apartados
con nombres propios, por su importancia en el resultado de
la película. El veterano Edward Carrere fue elegido como director
artístico. Los edificios de la ciudad de parra, los puentes
sobre los ríos de exteriores, el tren, la aldea, los prostíbulos,
el fuerte, tenían que tener un aspecto de dejadez, la imagen
de algo usado, destartalado. La aldea mexicana de Ángel es
un idílico lugar visitado por el grupo salvaje, donde se viven
los únicos momentos de calma de la película, con un río, árboles,
chocitas, gente afable, es una especie de paraíso, la antítesis
del fuerte de Mapache, Agua Verde, una especie de Sodoma y
Gomorra, alcohólica y degenerada. Todo tenía que parecer
de 1913, y Carrere lo consiguió, realizando un trabajo espléndido.
Cierto es que a veces el realismo no acompaña a la historia,
pero recurriendo a las palabras de Sam: “Yo no hago documentales”.
Gordon Dawson en la sección de vestuario y atrezzo, muy importante
en esta película como luego veremos. Las armas, los trajes
de militares americanos y mexicanos son un elemento esencial
en el Grupo Salvaje. Un dato, se usaron durante el rodaje
239 armas; entre rifles, automáticas, pistolas y revólveres,
y más de 90.000 balas de fogueo. Más munición que en toda
la revolución mexicana con casi toda seguridad. Todas las
armas del Grupo Salvaje y las que roban, para los obsesivos
documentalistas, son las usadas en aquel entonces por
la US. Army. El gran director de fotografía Lucien Ballard,
imprescindible para Sam, fue el encargado de la luz y cámaras.
Lucien dio sus primeros pasos en Hollywood de la mano del
maestro de la luz, Josef Von Stenberg en Devil as a woman
y Morocco, iluminando el rostro de la inalcanzable
Dietrich, Marlene. Luego estuvo en esa tremenda película de
Kubrick que todo el mundo debería ver, llamada The Killing
(Atraco perfecto), rodó al REY, ELVIS en el conciertazo Elvis
that the way it is y luego fue fiel compañero de Peckinpah
en casi todas sus películas. Sam y Lucien se empaparon de
todas las imágenes de periódicos, grabados, fotografías y
metraje que pudieron encontrar sobre la revolución mexicana,
para que la imagen tuviera la textura de esa época. Lucien
colocó en las cámaras lentes que pudieran trasladar al espectador
al México de Pancho Villa. En cuanto a los objetivos, se buscaron
casi todos los tamaños existentes en el mercado por aquel
entonces, toda la gama milimétrica disponible. La casa comercial
que proveía a la película se asombraba ante determinadas peticiones,
por su especialísimo uso y más de una vez comentaron que se
podrían hacer varias películas con todo aquel arsenal, seguro
que ninguna equiparable a The Wild Bunch. Bud Hulburd
en efectos especiales. La sangre, los disparos, los agujeros
en la carne, las heridas, las explosiones –casi todas con
dinamita de verdad- Tenían que ser algo nunca visto, la intención
era dejar Bonnie and Clyde, película que había impactado
a los espectadores por su violencia, al nivel de una broma
pasajera. Archie Butler en el asunto de especialistas, con
un equipo de 13 “Stuntmen”-dobles de acción. Se buscaron los
más expertos y veteranos que tenía el estudio en nómina. Sam
iba a hacerles temer por sus vidas, no se podía contar con
profesionales verdes. Aquí no había trucos ni engaños, sino
personas jugándose el pescuezo para sacar adelante una escena
de acción. Se requería gente curtida en el asunto. Pero volveremos
sobre ello cuando repasemos escenas concretas. Creo que merecerá
la pena.
Pasado
la larga etapa de pre producción, con Sam contento por todo
lo logrado y el convoy con todo el crew yankee en territorio
mexicano, llegaba el momento para encender las luces, los
motores y que nuestro bestia predilecto, de pie junto a su
asistente de dirección Clifford Coleman, gritara ACCIÓN!!!
el día 25 de marzo de 1968. Y vociferase muchas cosas más.
El repertorio de Peckinpah incluye miles de Fucks!!! Motherfuckin´
bastards!!! What´s the fuckin´ hell is going on!!! Goddamned
motherfuckers!!! y Son of a fuckin´ bitch!!! No estamos ante
una maricona almodovariana, tenemos a un maldito hijo de puta
que tiene una película violenta y de hombres en la cabeza,
que no usa story-boards porque no los necesita y dirige pistola
en mano. La leyenda de la dureza de Peckinpah es corroborada
por casi todos sus actores y colaboradores. Nuestro hombre
escondido tras sus gafas de sol o sin ellas, con el fuego
de sus ojos, imponía un respeto fuera de lo común, soportarle
no era fácil, pedía una intensidad máxima, una dedicación
como la suya, sobre todo en este proyecto. Muchos trabajadores
eran despedidos por cualquier mínimo detalle. En esta película
fueron 22 exactamente. La enfermedad en este caso, era el
afán de perfección y también el deseo de materializar con
exactitud lo que su cabeza andaba buscando. Una vez comenzado
el rodaje, el horario de Sam era de cuatro de la madrugada
que ponía sus pies en tierra, a 1 de la madrugada que finalizaba
su jornada de 21 horas, guión en mano para reposar sus huesos
un rato. En los primeros seis días de rodaje se expusieron
a la luz más de 7 kilómetros y medio de película, con 131
posiciones de cámara Ésta vez no hubo alcohol, ni putas, habituales
en las noches de otros rodajes, sólo The Wild Bunch,
su obsesión durante 80 días, hasta la última semana de junio
del 68. Algunas de las brillantes escenas de la película,
tienen su lugar de honor en la historia del cine. A lo largo
de las 1288 posiciones de cámara de The Wild Bunch,
pasaron muchas cosas reseñables. La película se abre con unos
brillantes créditos que pasan del color al blanco y negro
sobre el cual se imprimen los rótulos. El grupo salvaje se
dirige hacia el pueblo de Parras para robar un banco mientras
un predicador lleva a sus fieles cantando una canción religiosa.
Unos niños juegan poniendo un escorpión a merced de las hormigas
al paso del grupo. El poderoso animal, a merced de las pequeñas
trabajadores. Ésta fue la metáfora sugerida a Sam por Emilio
“El indio” Fernández. El grupo salvaje es el escorpión noble
y valiente que sin embargo, va a ser devorado por un grupo
de hormigas inútiles. A Sam le pareció genial e hizo las llamadas
pertinentes para llevar inmediatamente a México escorpiones
como fuera. Comienza el vertiginoso montaje en paralelo que
haría cagarse de placer a Eisenstein y Kulechov en sus tumbas.
Si la película se rodó en casi tres meses, el montaje llevó
seis largos meses. Como decía Orson Welles, “el mejor tren
eléctrico que se le puede regalar a un niño como yo es una
sala de montaje”, Peckinpah debía pensar lo mismo y decía
“tengo que pulir la joya en el montaje”. Sam se quedó en México,
para que sólo él y Lou Lombardo, el editor seleccionado por
él mismo, metieran mano a los ¡110.889 metros! de película
total impresa. No quería más problemas ni mutilaciones no
deseadas. Probaron muchas cosas en cuanto a velocidades, se
obsesionaron con el ensamble de varias acciones paralelas
en el tiempo, eliminar un sólo fotograma era motivo de seria
discusión y con la inserción del sonido, Sam quería que pareciese
real. Seis pistas de sonido, cada arma con su sonido característico
y distinto de los demás. Las explosiones debían sonar como
tales y no parecer sonido enlatado, todo lo que es destruido
tenía que sonar insertado en medio del torbellino violento.
En fin una obra de artesanía de edición, milimetrada y obsesiva.
La música de la película fue compuesta por Jerry Fielding,
afamado compositor, que logró una de las mejores bandas sonoras
del cine de acción, remarcando a la perfección todas las escenas
y sirviendo al argumento. Ese es el acierto de un buen acompañamiento
musical, que no esté fuera de lugar y que tenga que ver con
lo que se está narrando, que sirva de contrapunto y apuntale
la historia. Sam no estaba contento con la música de Fielding
en un principio y le envió una carta al músico en la que le
decía de todo menos cosas bonitas. Fielding acudió a una entrevista
personal con Sam, herido en su orgullo y fuera de sí. Explicó
las razones de su elección musical y por qué le parecían apropiadas
para cada escena, defendiendo apasionadamente sus composiciones
y obligando a la bestia Peckinpah a ceder, reconociendo su
error. Los arreglos musicales de la película son inolvidables
y es todo un ejemplo de libro, de cómo se debe orquestar una
película de acción.
La primera frase de la película no puede ser más genial: “Si
se mueven... ¡Mátalos!”. El atraco comienza, el grupo sufre un emboscada y la
primera secuencia de acción brutal se desencadena, para abrir la historia de
manera bestial y sanguinolenta. Sam había intentado el ralentí en Dundee, sin
demasiada fortuna. En Grupo Salvaje todas las escenas de acción fueron rodadas
con seis cámaras, cada una con una velocidad distinta. Tenemos varias con la
velocidad normal, 24 fotogramas por segundo y el resto captando a 60 fps, otra
a 90 fps, otra a 120 fps. En montaje se ensamblarán los fragmentos de película,
tomados desde distintas posiciones de cámaras, con distintas velocidades, pero
todas correspondientes a una misma acción. El resultado es
un ritmo frenético y una sensación más vívida e impactante de lo que acontece.
La intención de Sam con esta técnica era penetrar en el corazón mismo de la
violencia, captando su seducción pero también su horror. “El ser humano es
violento por naturaleza y no veo nada malo en mostrarlo tal y como es” dixit nuestro
hombre. La película se centra en forajidos borrachos, con pocos sentimientos y
con tres pares de cojones, desde luego no se van a comportar como putas niñas
de colegio de monjas. En esta secuencia de apertura tenemos estómagos
reventando, hombres cayendo de edificios, tipos mordiendo el polvo, mujeres y
hombres inocentes acribillados, disparos por todas partes, gente volando por
los aires, ventanas estallando, madera horadada por las balas, caballos
relinchando, sangre, confusión... todo al mismo tiempo. Parece que uno está
allí en medio de todo el caos, esa es la mayor brillantez de las escenas de
acción de esta película y del famoso ralentí. Nadie había conseguido esto hasta
la fecha. Después la técnica ha sido, y es imitada, infinidad de veces.
El
robo del tren de las armas yankees, fue otro momento de tensión.
Sam no usaba story board y muchas veces sólo él sabía cómo
se iba a rodar una escena. Solía caminar con Lucien Ballard
primero para indicarle las posiciones de cámara y después
se dirigía al resto del equipo para comentarles sus tareas.
Los raíles de travelling, las crab dollys, los vehículos de
cámara, todo preparado, los actores, en su sitio y un tren
que va a ser asaltado en marcha. Todo rodado con diversas
acciones paralelas, si es posible de una vez. Hubo problemas
con la velocidad del tren, con la llegada a tiempo de Pike
Bishop a la cabina del maquinista, con la salida de los caballos
tras el robo, con el desenganche de los vagones que dejaban
al grupo con la máquina a todo trapo y las armas en su poder,
pero... tras la confusión que reinaba antes de encender motores,
aparecía la magia de una nueva brillante escena que podía
ser enviada a positivar al laboratorio. Tras el robo, la persecución.
El grupo se va a deshacer de sus perseguidores haciendo volar
un puente de madera, construido por Edward Carrere y sus colaboradores.
De esta manera el río permitirá a nuestros forajidos escapar
con tranquilidad. Los cuatro dobles de acción están acojonados.
La voladura va a hacerse con dinamita auténtica, Sam ha obligado
a los de efectos especiales a poner el doble de la normal,
la corriente del río es muy grande el día de rodaje
y ellos tienen que montar sus caballos. Cuando el puente se
vaya al carajo, caerán todos al río. Estos animales en el
agua son muy peligrosos, no pisan terreno firme y comienzan
a patalear ferozmente porque sienten miedo, con lo cual, las
cabezas y cuerpos de los dobles están a merced del azar. Primero
volar por los aires, segundo esquivar los restos de madera
que caigan del puente, tercero la corriente diabólica del
río ese día y cuarto las poderosas patas de los caballos.
Cuatro peligros, pero sobre todo el ecuestre y el dinamitero.
Llegado el momento tenso, las cámaras registran la escena:
la brutal explosión, dobles y caballos al agua. Minutos de
silencio, los restos del puente a la deriva, los dobles nadando
hacia la orilla, los caballos pataleando y finalmente se tiene
la escena sin ningún accidente. El único desperfecto, una
cámara Arriflex que cayó al río. Uno de los dobles decía que
nunca volverá a trabajar “con ese hijo de puta de Sam Peckinpah”
pero se marcharía a su casa con una extraordinaria cantidad
de dinero. Más fragmentos de la obra maestra registrados en
las cámaras.
El
momento culminante de la película es otra de esas cosas más
grandes que la vida. Los miembros que quedan del grupo salvaje
han recibido el dinero de Mapache, pero han visto como el
amigo Ángel está sirviendo de vergonzoso juguete para las
hordas alcohólicas del General. Se relajan con putas cerca
del fuerte, pero no se quitan de la cabeza la imagen de su
amigo humillado. De repente Pike Bishop, paga a su puta, sale
del antro y se dirige a sus compañeros “¡Vamos!”, Dutch (Borgnine)
responde, “¡Por qué no!” sus miradas dicen el resto. Tampoco
sabía nadie cómo se iba a rodar el final de la película. Para
comenzar dijo a su asistente, “vamos a hacer una cosa caminando”.
Puso la cámara en una grúa y dio indicaciones a los actores.
Situó a varios mexicanos para que tocaran la guitarra a unos
metros de la puerta del fuerte de Mapache, los
chicos salvajes comenzaron a caminar y la cámara en la grúa
a rodar la escena. Quedaron así inmortalizados esos fotogramas
dorados, en los que los Gorch Bros., Pike y Dutch, los que
quedan vivos, se dirigen hacia la apocalíptica lucha del fuerte
de Aguaverde, fusiles en mano y que es uno de los póster más
hermosos de la película. Se puede mascar la tensión, la emoción
y se siente que algo tremendo va a suceder. Es el perfecto
preludio de una de las secuencias más grandes que se hayan
visto en una pantalla y Sam lo había preparado todo en cinco
minutos. La lucha final, otra vez casi todo el equipo si saber
exactamente qué tienen que hacer. Esta vez eran cuatro contra
200 soldados, muchos movimientos de figurantes y actores y
las posiciones de cámara no pueden fallar. Pero estamos con
Peckinpah lanzado. Colocó las cámaras con su fiel Lucien como
de costumbre. Unas simples indicaciones al grupo salvaje,
unas cuantas a los figurantes y demás actores. El problema
los trajes. Va a haber más disparos y más heridas en esta
secuencia que en el resto de la película, el rojo los va a
teñir totalmente. Gordon Dawson está preocupado, los soldados
mexicanos tienen que ser rodados varias veces, pero una vez
que las cargas estallan para disparos-heridas, los agujeros
y la sangre ya están hechos para siempre. Coserlos lleva mucho
tiempo, así que la solución de Dawson fue pintarlos con un
pequeño punto de costura y así se podían reutilizar. El trabajo
durante esta secuencia para la sección de vestuario fue infernal,
sin tregua para tenerlo todo a punto.
El
grupo salvaje se planta ante Mapache, Ángel está agonizando
y es asesinado en sus narices. Ellos se miran con seriedad
pero de repente comienzan a reír, saben que el final está
cerca y no les importa nada. La vida a ellos ¡Se la suda!
Primero la calma, luego la tempestad. Sacan sus armas y a
tomar por culo, a por ellos, sin miedo, sin piedad y sin posibilidad
de marcha atrás. De nuevo las cámaras a distintas velocidades,
disparos, gente cayendo, cadáveres, sangre corriendo por todas
partes, gritos, viooleennnciiiaaaa en estado purísimo. Pike
Bishop se hace con la metralleta, momento legendario, y comienza
a achicharrar a todo bicho viviente, las putillas de mapache
acribilladas, los soldados, el propio Mapache, aquí no queda
ni dios vivo. Según cae un hombre salvaje de la ametralladora,
es relevado por el siguiente, hasta que no queda ninguno.
El Apocalipsis en un sucio y asqueroso fuerte mexicano. El
grupo Salvaje se convierte en una leyenda que acaba con el
tirano Mapache, a pesar de que a ellos sólo buscaban su fin
y su redención, su huida. Su salida de éste asqueroso estercolero,
llamado la tierra.
De
nuevo Dawson y los chicos de vestuario enloquecieron cuando
Sam les pidió que pintaran de rojo más oscuro la sangre de
los cadáveres, para darle más realismo a las últimas tomas
que muestran el resultado de la matanza. Después la llegada
de Deke Thorton, siempre a la zaga del grupo salvaje, su lamento
por no haber formado parte del momento y por continuar viviendo
su vida miserable que no vale un duro, vendiéndose como una
venerable puta. El polvo, los cadáveres, ríos de sangre, los
buitres, el ocaso, el viento, los heridos la poesía del horror
y la destrucción, el lirismo de Peckinpah: “El final de una
película es siempre el final de una vida”.
La
película tuvo una carrera comercial desastrosa. El estudio
cortó algunas escenas, como la de las putas bañándose en vino
con el grupo salvaje, o algunas frases demasiado duras para
bienpensantes, pero al menos nosotros tenemos la versión íntegra
en vídeo y ahora en DVD. Los de siempre, las mentes retrógradas,
los conservadores, los religiosos extremistas, mentes puritanas,
los políticos fascistoides, los boy-scouts, grupos de monjas,
algunos americanos medios y algún inepto más, empezaron la
campaña de derribo de la película por su excesiva violencia
y su supuesta amoralidad. Entre la crítica cinematográfica,
sin embargo, hubo sobre todo alabanzas, exceptuando algún
crítico sensiblero, al que se le debieron revolver las tripas
mientras veía la película. Pero la mayoría vieron todas las
bondades y novedades que aportaba el film. Cayeron en la cuenta
de que era uno de los westerns definitivos, quizá el último
de todos, según algunos. Sólo Sam, podría hacer algo similar,
John Ford, estaba ya mayor y tenía otro tipo de valores. De
hecho, Peckinpah se encontró con el enorme Ford en las escaleras
de unos estudios, Sam le dedicó unos cuantos elogios y el
maestro, miraba hacia el suelo balbuceando, según los testigos.
Era la señal que daba a entender el relevo generacional. Por
supuesto que Ford es el padre, pero Sam, sería el hijo aventajado
y quien coño sabe qué es eso del espíritu santo. Sergio Leone,
en cierta manera se aproximó a las claves marcadas por Peckinpah.
Clint Eastwood bastantes años después consiguió resucitar
el género con la memorable e imprescindible Unforgiven
(Sin perdón), Lawrence Kasdan, en menor medida, con Silverado
y también Michael Cimino, con la malentendida, nada comercial
pero impresionante Heaven doors (Las puertas del cielo).
Sam se quedó sin dinero para la carrera de la mierda de oscares.
Las estatuillas requieren muchos dólares, fiestas lujosas,
el mejor champagne, las mejores furcias de lujo, furcias y
gentuza de moda, los vinos de la mejor reserva, la mejor y
más exquisita comida, un director simpaticón con don de gentes...
Y Sam no jugaba así. Fue nominada a la mejor música y al mejor
guión original, y ahí se quedó. El novedoso y costoso montaje
fue obviado por completo. Y también la titánica dirección.
La Academia vale su peso en mierda. Aunque Sam seguro que
brindaba por no tener que pisar la alfombra roja desde algún
cálido puticlub con un scotch on the rocks en la mano y cuatro
preciosas putas acompañando su soledad. The wild bunch es
la quitaesencia del western y la renovación absoluta de todos
su valores. Escenarios impresionantes, detalles cuidadísimos,
imágenes para recordar toda una miserable vida, personajes
que valen oro, interpretaciones geniales, mucha acción con
mucha violencia y frases memorables, la mejor de todas pronunciada
por el decano de la aldea mexicana: “Todos soñamos con ser
niños otra vez, incluso los peores de nosotros...Quizá los
peores los que más”. Ya son unas cuantas veces las que vi Wild Bunch, pero aprovecho
para dedicar mis sucias y profanas palabras al ser que me
brindó la oportunidad de verla por primera vez, ya no recuerdo
cuando, nuestro hombre espacial Schizo. Ambos nos masturbamos
y drogamos viendo a Deke y Pike hace ya años en un convento
de padres salesianos, eso sí lo recuerdo.Vivan los dos cojones
sagrados -por si no me he reiterado lo suficiente con la palabra
cojones- de Sam Peckinpah y vivan los dos cojones con que
está hecha esta película. Y vivan todas las cosas que están
hechas con cojones, cuore y entrañas. Larga vida a los forajidos
... ¡¡Si se mueven ... mátalos!! |