MIEDO Y ASCO EN LAS VEGAS
 
CAOS, HOTELES, LAS VEGAS Y PSICOTRÓPICOS
EN BUSCA DE LA PESADILLA AMERICANA

"Lejos de mí la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada". Hunter S. Thompson

El desierto de Nevada, último refugio de la familia Manson, destino final de muchos imprudentes. Unas millas más allá, erigida en este árido terreno, Las Vegas. Pensar en esta ciudad es resucitar en tu memoria su época dorada, los años 40 y 50 con el rat pack campando a sus anchas, las strippers o como bien las define Russ Meyer, bailarinas creativas- más bellas del planeta, las irrepetibles Blaze Starr o Lily St. Cyr, crooners como Frank Sinatra o Dino Martín, cómicos como Sammy Davis Jr. O Bob Hope y tremendas juergas de mafiosos y estrellas del celuloide. Un lugar que desprende un encantador glamour kitsch en cualquier esquina de sus calles repletas de gigantescos casinos, clubes de alterne, luces por todas partes y cómo no, esos hoteles enormes, de pretencioso exotismo y colores chillones decorados con dudoso gusto. La megalomanía tomó estas manzanas que Bugsy Siegel, célebre mafiosos fundador del primer casino, El Flamingo, pretendía convertir en el sueño americano.

Corría el año 71, una extraña y atípica novela, Miedo y Asco en las Vegas, convierte el lugar en la pesadilla americana. Es la segunda novela de Hunter S. Thompson, figura legendaria del nuevo periodismo y creador del personalísimo periodismo gonzo, género periodístico que consiste en inmolar al periodista informador para convertir al propio autor en el centro de la acción, acto polémico e irreflexivo si las vivencias de Thompson no fueran de otro planeta, y verdaderamente lo son. Thompson se hizo con un nombre en una revista fundamental en la América contemporánea que comenzó su andadura en 1967, la Rolling Stone -previa a su perversión comercial-. Sus crónicas, artículos, novelas y ensayos gonzo contribuyeron a desmitificar esa estúpida filosofía de los 60 de la gente de la flor, el ácido lisérgico, la expansión de la mente y la revolución, mostrando la verdadera angustia, frustración, desacuerdo y confusión de la América de los 70. Cómo no goza de cameo en la película y pasó muchas horas con Johnny Depp para ayudarle a componer uno de sus mejores papeles en la piel de Raoul Duke. "Miedo y Asco en las Vegas" es una obra difícilmente adaptable al cine. Podemos encontrar ciertos paralelismos en escritores como Norman Mailer con "Los tipos duros no saben bailar" (Llevada al cine por el propio escritor) o en los beatniks Kerouac y su magnífica "En el Camino" o el Burroughs de "Yonkie" y "El almuerzo al desnudo". David Chronemberg cineasta imaginativo y gran creador, se atrevió con "El almuerzo al desnudo" y consiguió una pieza maestra del cine fantástico, adaptando fielmente esta compleja obra surgida de la escritura automática, psicotrópica y surreal. "Miedo y Asco en las Vegas" también tuvo suerte, el elegido fue Terry Gilliam, el único Monty Pitón americano, uno de los escasos autores actuales con talento visual desbordante, estilo reconocible y capacidad para hacer películas rebosantes de frescura, innovación y fantasía. Gilliam siempre hace la película que le apetece. No acepta intromisiones. Su relación con la industria es difícil, aunque esa es otra historia. Y es que películas como "Los héroes del tiempo", "Brazil", "Las aventuras del Barón de Munchausen", "El rey pescador", "Doce monos" o la que nos ocupa se alejan de las convenciones que el público espera ver en la gran pantalla. Gilliam adapta de manera fiel la obra de Thompson pero con la intención de hacer "algo negativo, horrible y que fuera garantía segura para que nadie fuera al cine". La película arranca con una imágenes de archivo cuyo objetivo es contextualizar la historia en esos momentos de desencanto de una generación que dejó de pensar en la utopía de poder cambiarlo todo, ante una política represiva y unos acontecimientos históricos de gran impacto social. Las imágenes de archivo volverán más adelante. En éstas, Raoul Duke (Johnny Depp) alter ego de Thompson, periodista, voz en off "orientadora" durante las casi dos horas de caos y Oscar Zeta Acosta "Doctor gonzo", obeso abogado samoano del primero, viajan a Las Vegas a cubrir la carrera motociclista Mint 400, en un Tiburón rojo alquilado y con una maleta llena de drogas de todo tipo.
Son dos residuos del verano del amor que se encaminan hacia un infierno personal. Cruzan el desierto de Nevada cuando el LSD comienza a hacer efecto, los vampiros hacen acto de presencia. Desde el primer minuto de la película, la percepción de los protagonistas está alterada, por tanto, no debemos preocuparnos por la coherencia espacio temporal del guión, el diálogo por momentos deslavazado e incoherente, ni tan siquiera de la conexión entre las distintas secuencias. Contemplemos la película como un experimento en el cual se pretende transmitir al espectador la sensación de un verdadero viaje alucinógeno a tope y con drogas. Un entretenimiento que nos lleva con facilidad del drama a la comedia y de la realidad a lo surreal o hiperreal en función de la droga seleccionada por Duke y Gonzo. ¿Se trata de una road movie, terror, surrealismo, thriller, aventuras, comedia, ficción o realidad? Pues un poco de todo.
En pleno efecto lisérgico cogen un autoestopista y Duke sintiendo el pánico de la droga trata de tranquilizarle contándole sus intenciones y narrándole como han llegado hasta allí. Un flash back nos sitúa la noche anterior en Los Ángeles. Gonzo y Duke planean el viaje. La atmósfera ya es extraña preludio del desparrame posterior: camareros enanos, bares con acuarios de tiburones, teléfonos rosas, hare krisna por las calles, una especie de ángel caído y un cielo azul quemado. Mientras la pareja busca drogas, alcohol, un magnetófono y un vehículo deportivo para ir en busca del sueño americano. La narración de Duke ha asustado al autoestopista. Un repentino ataque al corazón de Gonzo salvado en último extremo por medicinas de la maleta mágica y una pistola de gran calibre obligan al chico, un joven hippy convencional a huir despavorido. Duke y Gonzo consumen más drogas para llegar a Las Vegas. La entrada es espectacular, de noche, a ritmo de "She´s a lady" de Tom Jones y con las luces de colores de los luminosos de hoteles y casinos. En el momento de firmar en el hotel nuestra pareja de halla rebajada al nivel de torpes bestias pero consiguen pasar el trámite. En el bar del hotel sienten de nuevo el terror al sentirse atacados por lagartos gigantescos. A partir de ahora todo será delirante. Consiguen contactar con Lacerda, reportero gráfico portugués que les han asignado y que no volverán a ver hasta la carrera. Duke y Gonzo comienzan su particular periplo hotelero que consistirá en pedir ingentes cantidades de alcohol, comida y mucha vitamina c al servicio de habitaciones así como destrozos brutales sólo comparables a las noches de desenfreno de bandas de rocknroll de los setenta como Led Zeppelín, la más temida por los hosteleros.
Pagar las cuentas desconocido para ellos. Duke da la propina lanzando algo de calderilla al aire. No les veremos soltar un dólar en toda la película. Dos tipos dopados hasta las cejas en el paraíso artificial de Las Vegas. Habrá momento para propasarse con cualquier ciudadano normal, infringir todo tipo de leyes, ser introducidos por los porteros de casinos al interior porque allí adoran a los borrachos, entrar a un concierto de Debbie Reynolds con la excusa de que Gonzo de la ha cepillado varias veces o visitar El circus circus hasta arriba de éter y mescalina (secuencia con los mejores gags de la película) donde comprobarán que esa es la única ciudad más lisérgica que un tripi. Llegan a comprender que cuanto más desorbitada es la infracción contra la ley, menos creíble resulta y más utilizando extraños pseudónimos en los registros hoteleros. Son algo así como fantasmas en un desenfrenado reino dionisíaco. ¿Y qué hay de la carrera Mint 400? Pues unas cuantas fotos de Lacerda y un enviado que ni siquiera sabe quien ganó. Pánico. Las cuentas de hotel son desorbitadas, el abogado ha desaparecido, la habitación está destrozada y no ha y artículo para la Sports Illustrated. La huida es la única posibilidad de escapar a la ley. Raoul Duke carga su Tiburón y se despide de Las Vegas. "Memphis blues again" de Dylan, otra vez el desierto y un agente de la ley homosexual. Duke debe descansar porque el policía se lo ordena. Llama a su abogado, cambio de planes. Debe cubrir la conferencia nacional de fiscales del distrito sobre narcóticos y drogas peligrosas para la Rolling Stone. Ironías de la vida. El doctor gonzo ha conseguido reservas en El Flamingo, un Chevrolet blanco descapotable y más drogas. Tiene lugar los momentos más cómicos, Duke con su eterno cigarrillo se mueve por el vestíbulo del Flamingo atiborrado de fiscales del distrito con una maleta llena de sustancias ilegales o él y Gonzo en escuchando las disertaciones de un conferenciante sobre el argot porrero. El reencuentro también es inaudito. Gonzo ha dado LSD a una artista adolescente, Lucy (Cristina Ricci), que pinta cuadros de Barbra Streisand y la ha sodomizado. Recibe a Duke vestido con una toga naranja y la cría hecha un cisco. Deciden abandonarla aprovechando su confusión, es una menor con motivos para denunciarles. La extraña pareja va a tener su último vuelo, el más grande de todos. El adrenocrmo, extraído de la médula espinal viva de un ser humano, comprada a un satánico. Duke lo pasa tan mal que llega a ver la cara de Nixon volando y exclamando sacrifice. Gilliam reconstruye la noche mostrando fragmentos inconexos, ofreciendo una idea aproximada de los acontecimientos. La habitación está arrasada, como si un Mc Donalds hubiera arrojado toda su asquerosa basura y el Studio 54 se hubiera traslado allí por una noche con el equipo de limpieza en huelga. Entre la ponzoña sólo resiste una bandera americana sucia y semiquemada. Al carajo el sueño americano, una vez más se impone la huida. Duke dice adiós a Las Vegas sólo mientras suena Jumpin´jack flash.
Gilliam sólo nos saca de este mundo de miedo y asco cuando Duke (Thompson) se sienta frente a la máquina de escribir para redactar sus crónicas gonzo sobre la mentira de la expansión de la conciencia vendida por Leary, la guerra de Vietnam, la figura de Bob Dylan o la obsesiva búsqueda del sueño americano, mezclándolo con imágenes de archivo de la época. Esto representa un punto de fuga necesario ante tal desquicie y hace justicia con las intenciones de retratar la sociedad de su época de Thompson.
La banda sonora refuerza el viaje con una gran selección de música de la época: Rolling Stones (infidelidad con la obra, falta el Sympathy for the devil), Jefferson Airplane, Youngbloods, Perry Como, Big brother and the holding Co., Buffalo Springfield, Death Kennedys, genial, un poco de rocknroll, a la mierda tanto modernismo. El abuso de drogas de los protagonistas es resaltado por una fotografía muy colorida, chillona por momentos, unos encuadres atípicos y unas angulaciones de cámara exageradas desequilibrando la armonía de los planos, contribuyendo a crear esa atmósfera narcótica de la película. Pero lo más destacado son las interpretaciones de Johnny Depp como Duke y Benicio del Toro como gonzo, casi irreconocibles en su caracterización. Dos actores sin parangón en el insulso panorama de niñatos y estrellitas de pacotilla del cine americano actual.
El vestuario, la manera de andar, la gesticulación, la actitud de cada uno, el slapstick psicotrópico. Consiguen transmitir el verdadero espíritu de esos dos buscadores de sueños con la psique arrebatada por nefandas sustancias químicas. Depp aparece calvo y Del Toro muy obeso ya que siguió una dieta similar a la de De Niro en Toro Salvaje. De todos modos el físico de los actores puede ser una traba para una adolescente, pero quien disfrute con curiosidades fílmicas, aquí tiene una exagerada. No se trata de una apología de las drogas, se presenta el asunto y el espectador decide. Por cierto, quien no se atreva con las drogas, aquí tiene un sucedáneo muy aproximado, aunque me remito a cita inicial de Thompson: "Lejos de mí... ;
 
Aleister