|
Y fue que se abrió el primer sello y, Mira!, porque es voluntad del genio supremo que de las Rusias emigres a la metrópoli Hillbillie. Y la voluntad del genio supremo se hizo, con presteza, premura y con alta costura… lo que nadie esperó jamás, ni el anciano desdentado, ni el infante de mirada estrábica, ni el fiero tamborilero de estatura alternativa, es que dicho traslado nos serviría para vivir la tercera experiencia más traumática que Japón ha dado a este su planeta, caballero (tras la matanza de Nankin y la secta Moon)… Puteros y adictas a los ansiolíticos, con todos ustedes en SPACE ROCK HEATERS…… PEELANDER Z!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Y es que ni Svinia ni la ujiera Framtam pudieron creer su puta suerte cuando lo vieron de cerda casualidad: con una ausencia de publicidad previa casi absoluta y de un modo diríamos que clandestino pudimos ver, en el schedule de una de las más bellas, sucias e intimas salas de conciertos de Nashville, el Exit In, que en apenas unos días los Peelander tronarían por Tennessee. Desde que el loado por loable Kanuto nos los descubriera hará ahora un año habían alcanzado el status de “experiencia vital imprescindible”, acompañando a la cosa esa de tirarse de los puentes, plantar un árbol, desencadenar una epidemia y a escribir un poema a las focas del ártico, o al revés, no me acuerdo.
Space Rock Heaters tuvo el privilegio de publicar la primera puta entrevista que jamás se les hiciera desde España, ese país, y tan sólo unos meses después íbamos a tener el privilegio de verles en directo!!!!!!!!
Era un domingo de Noviembre y aunque nuestras mentes lo sabían, nuestro cuerpo no lo creía. Llegamos al lugar relativamente pronto y no había demasiada gente: el Exit-In, un lugar oscuro, con escenario amplio, cercano a la sala, sin distancia con el público y con un historial de bandas que hace que se mee Francisca es uno de los lugares más íntimos del rock'n'roll del lugar, por lo que tener el privilegio de verlos allí hacía de nuestros ojitos meras chiribitas.
Pocas personas, algo de merchandising y la humanidad expectante… no había aun ambiente de concierto cuando de repente un habitante del país del sol naciente, con un traje a cuadros y una calva afrentosa por fea comienza a dar voces en mitad del local, se sube al escenario y se pone a gritarle a uno del publico que qué cojones hace solo, que traiga a un amigo: el andoba responde que no tiene amigos, a lo que el furioso heredero de los Yamato contesta que por lo menos tendrá madre. El tío llamo a su madre por el móvil y el niponés se puso a gritarle a la progenitora que qué coño hacía que no iba a ver a los Peelander.
Disuelto el tumulto los humos comenzaron a brotar, las luces se encendieron, los cuerpos se tensaron y, para los aproximadamente 90 fieles allí concurridos, apareció una de las parades más delirantes de la historia del rock: uno a uno, tres rudos nipones se lanzaron (literalmente, menudas hostias se metían) sobre el escenario anunciados por aterrorizantes gritos banzai: el batería y campeón de no se que decían, Antonio Kazuki o Peelander-Blue, en un prieto traje azul con gorro de aviador a juego. El guitarrista, con rastas, gafas de sol de folklórica y un pintoresco traje rojo de dragón, K.O. o peelander red y, por último, el líder, el Jint Sao del sarao, el supremo conductor de almas aquella noche, el vocalista y traumado vocal del grupo, el poderoso Kengoswee o peelander yellow, enfundado en amarillo, calvo, sudoroso y desdentado.
Lo que vino a continuación fue una mezcla de Humor Amarillo, el carnaval de las almas, No means no, las hordas del Kublai Khan y los tifones de saipán, en lo que supuso una de las perfomances más brutales que los que suscriben hayan presenciado. El grupo es constantemente teatral y participativo, pero de un modo violento y exagerado: el set list fue de lo más escaso, apenas siete canciones, pero aparte de alargar las mismas hasta los 6, 7, 8 minutos, entre una y otra hacían diversos teatrillos que básicamente se reducían a golpearse, caerse, comerse mocos, lanzarse objetos y chocarse unos con otros. Uno de los meritos mayores: en ningún momento dejo de sonar música.
Comenzaron con STEAK, una de las mas poderosas canciones del P-Bone Steak, publicado en 2003 por Swell records. Los iracundos diablos del este ayudaban a su público a seguir el concierto con unos útiles carteles explicativos que iban desplegando, mientras dejaban caer sobre las almas allí congregadas un poderoso torrente de punk simple, pero acelerado, a un volumen brutal, adornado por la terrible, estridente voz de Kengoswee. No llevaban tocando ni los treinta segundos cuando el furor se apodero de las masas, animadas constantemente por Kengoswee; comenzaron los choques y el sudor, el chino amarillo se caía, se lanzaba fuera del escenario deliberadamente donde no había nadie, y perseguía al chino cudeiro dándole patadas en las piernas.
0 segundos para el reposo y empalmaron con una canción de su ultimo disco, Hapee mania, “YYY” (pronunciado güaigüaigüai). A mitad de la canción el chino azul dejo la batería, saco un maletón, la lanzo contra la espalda del chino amarillo y al abrirse se derramaron sobre las tablas baquetas, platos, platillos, cazos, tazas, tapacubos de coche… Acto seguido los peelander comenzaron a agarrar a las personas del público, como si de escillas y caribdis del punk se trataran y a subirlas al escenario, repartiéndoles todas esas cosas para que hicieran ruido. Si alguien tardaba en hacerlo o dudaba un segundo, empujón y al suelo: el resultado, algo parecido a un camión de loza estrellado contra el muro de un siquiátrico con todos los internos escapando por la brecha chocando las cacerolas. Adrenalina, brazos doloridos y ruido atronador (el volumen estaba tan alto que distorsionaba continuamente), pausa de 0 segundos, todo el mundo a tomar por culo del escenario y, súbitamente, el grito que todos estábamos esperando, MATOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOWWWWWWW
TAIGAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHRG!
Las más poderosa de sus canciones, visionable ahora en nuestra sección de noticias vía youtube, comenzó de poco delicada manera su reinado sobre los maderámenes. Saltos, retruécanos, sudor homicida que torno a peelander amarillo peelander marrón, pedos, más caídas y gritos demenciales. SURITAYIJEDA, IRRITORIKETEEEEEEE MATOO TAIGAR, MATOO TAIGAAAR. Las personas se alejaban de las primeras filas por que a los estudiantes pijos de Vanderbilt allí concurridos les daba miedo que el chino les saltara encima desde el escenario, cosa que hacia constantemente, la canción, con dos tempos: uno rápido y otro atroz, dejo inmóviles tan sólo a los paralizados por el terror; tras varios segundos que parecieron horas, momento para la intermisión: Apareció la peelander rosa, convertida en bolo humano, a lo que los miembros del grupo reaccionaron cogiendo a tres integrantes del publico con aspecto (y seguramente licencia) de miembros de la selecta hermandad de los camineros de Chattanooga, les dieron los instrumentos y, mientras estos tocaban (sin tener ni puta idea) sonidos discordantes, los miembros del grupo se pusieron a jugar en mitad de la sala una partida de bolos con sus propias cabezas como bolas de boliche. Gritos, hilillos de sangre, muecas desdentadas… y vuelta al escenario. El resto del concierto transcurrió entre la bruma (mi más humillante disculpa), debido al profundo estupor alcohólico de este su cronicón. Sonaron unas cuatro canciones más, entre las que pude reconocer Sue Sue Sue, de su último disco y, entre abrazos, llantos y saltos desde lo alto de los bombos de la batería, que acabaron la noche completamente destruidos, el concierto llego a su fin. Recordar emocionados como los integrantes del grupo, sobre todo Pink y Yellow, citaron a Space Rock Heaters, llegando a saludarnos en castellano desde el escenario (en mitad de una canción y sin el menor previo aviso), y enviando besos, abrazos y achuchones a la totalidad de la redacción y a Kanuto, su profeta. Nuestras almas sonreían y nuestro hígado latía, al compás de la embriagadora sensación de limpieza puerca y adrenalina que cada buen show deja en los cuerpos de los fanes que como tales se precian. Peelander son unos entertainers natos y voto a bríos que cada uno de ustedes deberían hacer algo por verlos al menos una vez su vida. Hacen agotadoras giras por los USA como esta en la que ahora están embarcados, que comenzó en octubre y sigue hasta mayo con una media de cuatro shows por semana (shows de este calibre, no creo que les quede mucho de vida). Y, ellos mismos, a través de diversos oráculos y de sus desdentados buches, nos comunicaron que arden en deseos de viajar a España, cosa que quizá ocurra este mismo año!
Con el rostro de las vírgenes mexicanas y los harapos de los guerreros de nicaragua emprendimos una vez más el regreso a nuestras covachas, antro de permanente postración y autotortura, sólo interrumpidas por el siguiente, reparador, show de rock'n'roll.
Nos vemos en los bares, bastardas.
|