| Asistir
a un concierto de Thin Lizzy en la capital de irlanda viene
a ser para el dublinés lo mismo que para un sevillano
cazurro ver a Curro Jiménez en la Maestranza. Desde
luego que no moveríamos nuestro culo para observar
la lucha del hombre contra el toro, pero si que lo movemos
para escuchar esos emotivos riffs e incontestables himnos
de la mejor banda dublinesa de todos los tiempos ¿Quién
coño son U-2? Con Thin Lizzy tenemos rock y feelin´
de sobra para alimentar nuestra penosa alma y evadir nuestras
mentes de la atenazante cotidianidad que tanto aborrecemos.
Jailbreak, Bad Reputation, Black Rose, Chinatown... discos
de oro y diamantes, auténticas bandas sonoras vitales.
Lo primero que nos llamó la atención al entrar
en el Ambassador fue el ambiente juvenil que dominaba el ambiente.
La mayoría de asistentes aún lucían acné
acompañando a sus camisetas del grupo y sus puras borracheras
adolescentes, y la vieja guardia, en número aceptable,
quizá haya tenido demasiadas noches Lizzy en sus vidas
o tenía mejores cosas que hacer. También se
observaban familias al completo, lo cual nos suele provocar
la sana y momentánea envidia de no haber tenido unos
rockeros progenitores que nos llevasen a ver conciertos cuando
éramos tiernos e inocentes churumbeles. Aunque nos
sentimos afortunados, porque a veces estos padres liberales
y anarcos suelen caer en la pseudo-repetición de clichés,
y preferimos unos al uso para salirnos nosotros del tiesto.
Sigamos con los Lizzy que esto no va de putas familias ni
putos padres. Los teloneros, no se como se llaman, ejecutaron
una media hora de aburrido y reiterativo post-grunge, con
un cantante sano pero sin sangre en las venas. La barra apoyaba
nuestros cuerpos en espera del plato fuerte. El público
coreaba Lizzy, Lizzy, Lizzy!!! y los cuernos se alzaban por
encima de las cabezas. Este concierto es como el día
de San Patricio, es una auténtica fiesta en irlanda
y la gente está entregada sin necesidad de motivación
especial de los músicos. En Irlanda quieren a los suyos
con fervor y orgullo patrio, éste grupo es patrimonio
nacional. La banda salió al escenario en medio del
sonido de sirenas, luces en movimiento que buscaban el techo
del teatro y el griterío popular. Lógicamente
la apertura necesaria para ésta escena era el clásico
“Jailbreak”, y así fue, Tonight is gonna
be a jailbreak!!!, era algo que teníamos claro. Pocos
temas pueden encajar tan perfectamente en el comienzo de una
ceremonia de rock. Con los primeros acordes pudimos comprobar
como Scott Gorham y John Sykes, estandartes de los clásicos
Thin Lizzy, con muy buen humor y disposición, tablas
y mucha clase, bien acompañados por el enorme batería
Michael
Lee y un jóven bajista llamado Philip Gregg mantienen
vivo el sonido de la banda de una manera muy digna. Sykes
es el encargado de cantar, y su voz transmite lo suficiente
y muchos más, como para no sentirnos estafados viendo
a Thin Lizzy en el 2003. Después vino “Waiting
for an alibi”, saludos al público que gritaba
y gritaba y gritaba, para dar paso a “Don´t believe
a word” y como no podía ser de otra manera (no
nos habíamos olvidado tampoco nosotros) primera dedicatoria
para Philo, como aquí le llaman cariñosamente,
Mr. Phil Lynott, el cowboy más famoso de irlanda, que
seguro que brinda en algún pub del averno con Rory,
Jimi, Joey y todos los demás: “Cada segundo,
cada minuto, cada momento de este concierto está dedicado
al número uno del rocknroll, Mr. Phil Lynott, que está
aquí con nosotros” en palabras de Sykes mientras
señalaba al techo y todo el mundo coreaba “Philllooooo,
Philooooooo!!!!!!!!” cuando empezaron los acordes de
“Chinatown”. La fiesta estaba empezando, la gente
no dudaba en abrazarte para cantar a voz pelada las canciones
tampoco en acompañar con las palmas, en hacer circular
nefandas sustancias químicas ni en hacer un espectacular
despliegue de guitarras al viento. Así siguió
durante todo el show. Gorham y Sykes hacen esas maravillosas
combinaciones de guitarra y cristalinos riffs que te ponen
los pelos como escarpias y que hacen del sonido de Thin Lizzy
algo especial y único. Michael Lee es una bestia de
la batería, su carrera hablan por sí sola, pero
nos lo demostró con una impresionante pegada y finalizando
todos los temas de manera demoledora. Nos falta Philo, su
voz, su soul, su carisma, su presencia, su bajo ametrallando
al público, pero se le puede sentir en el aire. El
jovenzuelo Randy Gregg, con sus pelos “Faces”,
no lo hace nada mal en el bajo, pero la sombra de Philo es
demasiado grande. El repertorio siguió su curso con
la suavidad “Still in love with you” después
continuó la furia con las incendiarias “Are you
ready”, “Killer on the loose”, “Cold
Sweat”. Otro pequeño receso con “The sun
goes down” y la maravilla llamada “Cowboy song”
para todos los llaneros solitarios que viajan con la luz de
las noches estrelladas. El repertorio continuó desplegando
la grandeza Lizzy; “Suicide”, “Baby drives
me crazy”, “Emerald”, “Hollywood”,
“Bad Reputation”, que honra nuestra trayectoria
vita, y reposo. El público no tenía tiempo para
reposar, sólo para seguir con eso de Lizzy, Lizzy Lizzy!!!!
que se escucha al principio del directazo “Live and
dangerous”. El regreso con el conocidísimo “The
boys are back in town” y quizá el momento más
emotivo del concierto. Sykes y toda la banda miran al palco
y dedican “Rosalie” de Bob Seger, a Miss Lynott,
la mamá de Phil. Todo el público se dio la vuelta
para ovacionarla, aplaudiendo a rabiar, gritando Phil Lynott!!
Phil Lynott!!! en un gesto que venía a decir eso de
“¡Viva la santa madre que te parió Phil
Lynott!” A
la mamá, blanquita ella, la vemos en todas las librerías
de por aquí, tiene un libro en el que cuenta la vida
del gran Philo y sale con su retoñín, su pequeño
bomboncito de chocolate con apenas 10 años en la portada,
y la verdad que nos enternecemos cada vez que lo vemos. Y
ahí la teníamos, saludando y besando al público
y siendo saludada, y bailando “Rosalie” con unos
ánimos que ya los quisiéramos muchos de nosotros.
“Rosalie” fue empalmada con el final de “Cowboy
song” y todos creíamos que aquello acababa. Pero
fue otro pequeño descanso. Entonces la gente pasó
del grito de guerra Lizzy! Lizzy! a tararear el principio
la noctámbula empedernidamente “Dancing in the
moonlight” y salió el bajo que guió el
coro del público, luego la batería y una mujercita
carnosa con traje de noche apareció llevando de su
brazo a un hermoso ejemplar gaélico bien entrado en
años, con barba y patillas, que portaba un saxo. Era
John Earle, el hombre que tocó el saxo en el directo
“Live and dangerous” iba a introducir el sutil
sonido de su instrumento para nosotros, aunque la niebla tapase
la maravillosa moonlight de luna de llena. Se llevó
la tercera gran ovación de la noche. En space nos encanta
gritar eso de “It´s three o´clock in the
morning and i´m on the streets again” y bien alto
que lo berreamos. Palmas, la gente danzando en la caliente
noche de invierno y llegó el colofón con “Black
Rose” un voltáico final en el que las guitarras
rugen cargando una vez más la atmósfera de electricidad.
Thin Lizzy rules!! y siguen tocando con pelotas. El sábado
Thin Lizzy volvería a subirse al mismo escenario para
deleitar a sus devotos dublineses por segunda noche consecutiva.
Es lo que se llama jugar en casa. Nosotros nos fuimos oliendo
a Phil Lynott, camino del bar de nuestro primo Eamon Doran,
que tiene una enorme placa metálica de Thin Lizzy para
recibir a los irredentos bebedores. No es lo mismo sin Philo,
pero merece la pena y recomendamos visceralmente pasar una
velada con Thin Lizzy 2003. Pocos grupos tienen un repertorio
tan aplastante y pocos hacen rocknroll de manera tan sencilla
y natural. Lizzy is Lizzy. Aunque, tú mismo, como ellos
dicen, “Don´t believe a word” y menos las
mías, que no hay tipejo más gilipollas en ningún
reino.
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