Hay quien llama historia corta a cualquier cosa que no supere las 100 páginas, sin darse cuenta de que el arte no se vende a peso. De lo contrario, ¿qué sería de las historias cortas de Poe o de Cortazar, de los poemas de Walt Whitman o de los temas de gente como Bob Dylan? ¿Qué sería de todas esas canciones que viven dentro de nosotros? ¿Qué sería de todos esos temas que van creciendo con nosotros? ¿Quién no ha vivido dentro de algún disco durante una época determinada de su vida? ¿Quién no se ha sobrecogido escuchando “Downtown train”, “Dirt in the ground”, “Take it with me”,...?
Por otra parte, los grandes actores no lo son únicamente por su talento a la hora
de actuar, también hay que tener en cuenta su capacidad a la
hora de juzgar objetivamente su obra y su personalidad a la
hora de escoger sus trabajos. Porque, ¿qué hubiera sido de Bogart
de no haber aceptado el papel de “El bosque petrificado”? ¿Podría
algún otro actor ser Travis Brickle? ¿Quién fue antes: el chico
de la moto o Mickey Rourke? ¿Es Tom Waits un predicador, un
tahúr, o un borracho? ¿Es el que canta a su amada en “Johnsburg,
Illinois”, el que baja al río para intentar lavar los pecados
de sus padres en “Sins of my father”, el que nos asegura que
Jesús estará aquí en breve o, directamente, es Frank?
Tom Waits es, simplemente, uno de los mejores artistas que se
puede encontrar a día de hoy. Lleva siéndolo los últimos 30
años.
Así, aprovechando la pequeña gira que hacía este mes de noviembre
del 2004 por Europa, me dirigí yo sólo con mi mochila hasta
Holanda para poder verle en directo. De paso, aproveché, me
quedé un par de días más y vi a otro monstruo en directo: Nick
Cave y sus Bad Seeds. Pero, esa es otra historia...
Amsterdam. 20 de Noviembre del 2004. Sábado.
Tras tres maravillosas horas y media caminando sin ningún rumbo
fijo (todo el mundo debería perderse de vez en cuando por una
ciudad que no conoce, aunque sea queriendo...), llego al puente
que cruza el canal de la calle Amstel. Desde allí, se divisa
un majestuoso edificio con un cartel luminoso de letras rojas
que rezan: CARRE.
Me acerco. La entrada del teatro está anegada por la multitud.
Los taxis apenas y consiguen llegar hasta allí para ir dejando
más gente. Todos sonríen, se abrazan y se sacan fotos junto
al cartel que aparece a la entrada: “TOM WAITS: REAL GONE TOUR”.
Parece que el sueño se va a convertir en realidad...
Me apoyo en la farola situada frente al teatro mientras en mi
cabeza suena Chuck E. Weiss. El público comienza a entrar mientras
la excitación crece. Gente de todas las edades venidas de todos
los rincones de Europa para comprobar de primera mano qué hay
de cierto en la leyenda. Yo sigo sin creer que esté tan cerca
de ver al predicador, al borracho, al entertainer, al perro
de la lluvia: a Tom Waits.
Espero hasta que la entrada se vacía, hasta que el portero (chaqueta
roja y chistera) se libera del todo. Finalmente, sólo estamos
yo y un mendigo que toca la guitarra a la entrada. Sigo esperando,
incrédulo, alguna señal. Ésta llega en forma de atronadora y
cerrada ovación: la bestia ha salido a escena. Respiro hondo,
echo unas monedas al mendigo y me marcho caminando, mapa en
mano, hasta el hotel. Hay que descansar, mañana tengo una importante
cita...
Amsterdam. 21 de Noviembre del 2004. Domingo. Ya
son las 20:00, hora anunciada para el comienzo del show. Llevo
cerca de un cuarto de hora sentado en mi sitio, y los minutos
no avanzan. He pasado del nerviosismo al acojone. Sigue entrando
gente en tropel. Franceses, holandeses y alemanes son mayoría.
Desde mi posición veo las guitarras que ha de utilizar Marc
Ribot de frente. Un poco más a la izquierda quedarían Tom
Waits y Brain, y en la otra esquina Larry Taylor.
No puedo más, son casi las 20:30 y no pasa nada. Alguien sale
a escena y prueba las guitarras... Se oyen aullidos, gritos
y silbidos por todas partes. Tengo la piel de gallina.
20:40. Cesa el blues de los años 30 y se apagan las luces. Se
desata la locura. Una luz azul tenue nos da la visibilidad suficiente
para ver como cuatro figuras invaden el escenario por el lado
izquierdo al tiempo que una pantalla blanca sube al fondo del
escenario. Larry Taylor, con imagen de camionero (gran perilla
y gorra de gasolinero), coge su contrabajo; Marc Ribot, elegante
y luciendo canas, hace lo propio con su guitarra; Brain (una
suerte de John Leguizamo bizarro con gorra de beisbol para atrás)
y un niño de unos 11 años (¿algún hijo de Tom?) se sitúan frente
a sendos timbales y comienzan a tocar uno frente a otro. Ni
rastro de Tom Waits.
Larry Taylor se queda un par de segundos mirando cómo Brain
y el chaval arrancan con unos sencillos y primitivos ritmos,
para, acto seguido, entrar al compás. De pronto, por el lateral
izquierdo entra una figura con traje negro escondiendo su rostro
bajo un sombrero. Anda rápido y torcido cual gangsta-raper.
Al llegar al micro masculla un “good evening” volcánico
que apenas es audible bajo la tremenda ovación con la que le
recibimos. Para entonces, Marc Ribot ya ha garabateado el título
de la canción que servirá como apertura: “Hoist that rag”. La
banda suena increíblemente compacta. Ritmos sólidos para una
guitarra que intenta llegar a la salsa a través del blues. Tom
empieza a cantar, aquello se cae abajo: vaya voz!!! Para cuando
llega el estribillo no sabes de donde puede venir ese gruñido
de ultratumba que te arrastra a bailar sobre el asiento. Tom
Waits parece enloquecer con un par de gigantescas maracas en
las manos.
La puesta en escena es maravillosamente sencilla, elegante y
efectiva. Colores cálidos (amarillo, ámbar y rojo principalmente)
recortan sus siluetas sobre un fondo cuyo color va cambiando
con la canción.
De ahí en adelante, todo avanza a una velocidad de vértigo.
Temas triunfales uno detrás de otro: “Hoist that rag”, el blues
de “Make it rain” con Tom Waits pidiéndole a Dios que haga la
lluvia a través de un megáfono sacado de la segunda guerra mundial:
“I´m not Able, I´m just Cain, open up the heavens: Make
it rain!” . De ahí a “Jockey full of bourbon” con el perro
de la lluvia desganitándose sobre el estribillo: “Hey little
bird, fly away home...”. Al comienzo de “Sins of my father”
Tom hace como que se equivoca de canción para bromear sobre
su edad. Y es que, este hombre es, ante todo, un maravilloso
entertainer. En pocos conciertos te transmitirán tantos sentimientos
como en uno de Tom Waits: de la risa al llanto, pasando por
la nostalgia, la recuperación de la fe o la más inocente de
las sonrisas.
Así, para presentarnos “Straight to the top” (primero country,
luego swing?), nos cuenta la siguiente historia: esto es un
capitán de barco japonés al que se le hunde el barco. Mientras
ve cómo se hunde su barco desde el bote, recuerda los dibujos
del pato Donald que veía en su infancia en Osaka. En uno de
los capítulos, el pato Donald también era capitán, y también
se le hundía el barco. Para solucionarlo, metía 2000 millones
de pelotas de ping pong en el casco del barco, y este vuelve
a subir a la superficie... Ni corto, ni perezoso, el capitán
japonés decide hacer lo mismo: llama a la compañía, pide 2000
millones de pelotas de ping pong y las introduce en el casco
del barco. El barco subió directamente hasta arriba (“Straight
to the Top” )...
A continuación, empieza a tocar un órgano situado entre las
guitarras de Marc Ribot y los samplers de Brain. La melodía
no podría ser más marciana... De pronto, se para y nos pregunta:
“ Qué? No cantáis?”. Todo el mundo sonríe y él arremete
con “God´s away on business” de un modo brillante. Si os preguntáis
cómo se las apañan para interpretar esos temas tan complejos
siendo sólo cuatro músicos, es que no conocéis el
nivel de estos 4 monstruos. Las extremidades de Brain son ajenas
a cualquier ley de la naturaleza, Marc Ribot es un viejo conocedor
de todos los idiomas conocidos a través de sus guitarras, banjos
y ukeleles, y Larry Taylor... Larry Taylor es la solidez personificada.
Si el teatro se cae abajo, ten por seguro que Larry seguirá
llevando el ritmo a la perfección.
De ahí pasan a “Misery is the river of the world”, donde Tom
Waits nos adoctrina sobre las razones por las que el mundo está
tan jodido: “Por falta de un pájaro se perdió el cielo;
por falta de un clavo se perdió un zapato; por falta de una
vida se perdió una vida; por falta de un juguete se perdió un
niño...” .
En ese momento, Tom Waits aprovecha para hablarnos de uno de
sus héroes: la araña macho. La araña macho sólo tiene que levantar
lo que se supone que es una pata, moverla de izquierda a derecha,
y comenzar a tejer una tela de araña para atraer a las hembras...
Así, moviendo su brazo derecho en alto, es como comienza la
banda una de las interpretaciones más conmovedoras de la noche:
“Alice”. Una vez nos ha desarmado, Tom vuelve a la carga con
otra de sus diatribas, esta vez acerca del tiempo. Bromea sobre
el buen tiempo que tenemos en Amsterdam (entre 2 y 3 grados,
viento helado y fina lluvia sin interrupción), y nos confiesa
que él siempre ha sido un mamón para con el tiempo,
especialmente en Noviembre... Con Marc Ribot al banjo y Larry
Taylor convirtiendo su contrabajo en un enorme cello, Tom Waits
nos deleita con una voz que cruje como un viejo piano cuando
es necesario a través de las fantasmagóricas melodías de “November”.
Al acabar este tema, Tom se marcha hacia la batería. Es como
si estuviera bailando. Cuando se gira podemos ver que está tarareando
algo, pero no le oímos, ya que aún está muy lejos del micrófono.
Según se va acercando, empezamos a escuchar los ruidos que hace
con la boca simulando una caja de ritmos humana. Algunos de
esos sonidos los recoge al momento Brain desde su sampler y
los utiliza como fondo para el siguiente tema: “Eyeball Kid”.
El final de este tema fue impresionante con todo el público
respondiendo a los gritos de Tom con sendos “Hail”
o “Hallelujah” . Seguido atacaron con un tema que salió
en la banda sonora de “Dead Man Walking”: “Walk Away”, con uno
de los estribillos más coreados de la noche: “No more rain,
no more roses...”.
De nuevo, Tom se transformó en una caja de ritmos humana, y
al ritmo de “Are you ready?” nos invitó al baile más salvaje
con “Metropolitan Glide”, donde las guitarras de Marc Ribot
cogían texturas, como si de un cuadro que pintara en ese momento
se tratara. Al acabar esta canción, el escenario se oscureció
por completo. De pronto un foco ultravioleta iluminó el lado
izquierdo del escenario, donde un micrófono esperaba a Tom Waits.
En lugar de éste, apareció un tipo de lo más siniestro. Vestía
de negro por completo y llevaba el sombrero tapándole los ojos.
Por todo el teatro retumbaban extraños sonidos de ultratumba:
cacharros cayendo, una radio distorsionada, suelos agrietados
que eran pisoteados,... Entonces, dijo las palabras claves:
“What´s he building in there?” . En este punto, nadie
pudo quitar ojo de la increíble interpretación de Tom Waits
y sus secuaces (cómo coño consiguen todos esos sonidos?!?).
Por arte de magia, se había convertido en un jodido y mezquino
cotilla convencido de que su vecino era un mal tipo (tenía que
serlo!!!), y él estaba en su derecho de saber qué estaba construyendo
ahí dentro...
Para terminar, Tom agarra el par de maracas y la banda ataca
una salvajada llamada “Shake it”, con Tom dejándose el alma
cada vez que el ritmo de la canción bajaba hacia ese estribillo
emponzoñado de blues primitivo. Así, tras presentar a la banda,
se despide el monstruo bajo una tremenda ovación con todo el
mundo de pie dando palmas y zapateando como locos. La banda
sigue unos minutos más, reinterpretando el tema hasta el límite,
dejándonos atónitos una vez más (y ya van...), y finalmente
se marchan.
La gente se mantiene en pie, metiendo todo el ruido que puede
durante unos intensísimos cinco minutos, en los cuales los backliners
ponen todo el orden sobre el escenario y ... sacan el piano...
Este dato, que a alguno le resultará insignificante, tiene suma
importancia para cualquiera que haya seguido la carrera de Tom
Waits. Y es que, éste nunca se había separado de su piano hasta
este último disco. Y cómo nos demostrará, sus interpretaciones
más emotivas vienen con él sentado al piano.
La banda vuelve salir. Menos mal, porque me dolían las manos
de tanto aplaudir... La gente está extasiada y no se vuelven
a sentar hasta que Tom les agradece su reacción y les pide encarecidamente
que se vuelvan a sentar para que el show pueda seguir adelante.
Y de qué modo. Para empezar tocan la canción más antigua que
escucharíamos esa noche: “Sixteen Shells From A Thirty-Ought-Six”
del rompedor “Swordfishtrombones”. La ejecución es perfecta,
y cada vez que Brain hizo sonar aquella pequeña campana mi corazón
dio un vuelco recordando las miles de veces que había escuchado
esta canción, soñando que llegaría a ver a la banda en directo...
“I kicked the mule to the top of that tree” .
Marc Ribot coge el banjo y serpentea alrededor de la sinuosa
melodía creada por el contrabajo de Larry Taylor: “Trampled
Rose”. Parecía como si la voz de Tom se fuera a romper de un
momento a otro, o era nuestra alma la que se terminaba de separar
del cuerpo tras semejante acometida? “You never pay just
once to get the job done; what I done to me, I done to you”
. Emoción a flor de piel.
Tom se acerca al piano, y según se sienta aquello empieza crujir.
Cruje el asiento, crujen los pedales, crujen las teclas, cruje
la voz: “The House Where Nobody Lives”. Cómo se puede derrochar
tanta vida en tan pocas notas, cómo se puede expresar tanto
diciendo tan poco... “Si encuentras a alguien que valga
la pena, no lo arriesgues por plata, no los arriesgues por oro”
. ”¿Qué es lo que hace grande a una casa? No es el
tejado, ni las puertas. Si en esa casa hay amor, es un palacio,
seguro. Sin amor, no es más que una casa... una casa donde no
vive nadie ”.
Para finalizar, y tras contarnos otra historia (esta vez haciendo
de borracho al piano, esta vez acerca de los tomates y el veneno...),
Tom Waits nos levanta del asiento y nos lleva en volandas. Jamás
nadie se imaginó una despedida mejor que la que el bueno de
Tom nos ofreció esa fría noche en el aquel renovado teatro de
Amsterdam: ni más ni menos que “Lucky Day”. Todo el mundo en
pie y siguiendo el ritmo con las palmas como si de un coro góspel
se tratara. No era para menos: el Rey iba a dejar el edificio,
el circo iba a dejar la ciudad y, ¿quién sabe cuándo volvería?
Todo el mundo sonreía, consciente de lo que acababa de presenciar.
Había, incluso quien lloraba porque creía que no volvería a
verle nunca más. Pero, tal y cómo cantaba el propio Tom:
“Don´t cry for me now, for I´m going away and I´ll be back some
lucky day” . Recemos para que sea cierto...
Track List:
01-Hoist That Rag
02-Make It Rain
03-Jockey Full Of Bourbon
04 -Don´t Go Into That Barn
05-Sins Of My Father
06-Straight To The Top
07-God´s Away On Business
08-Misery Is The River Of The World
09-Alice
10-November
11-Eyeball Kid
12-Walk Away
13-Metropolitan Glide
14-What´s He Building In There
15-Shake It
16-Sixteen Shells From A Thirty-Ought-Six
17-Trampled Rose
18-House Where Nobody Lives
19-Lucky Day
|